Señores, España no va bien. Ni siquiera mal. Va fatal. Horriblemente mal. Es como para pegarse un tiro. Y no es en un asunto concreto como el índice de asesinatos rituales, el de crecimiento económico o el de violación de cabras; es en general.
Esta vez, sin embargo, vamos a centrarnos en un ámbito estrictamente social y vinculado con la juventud (del vino tesoro) a la que pertenezco. No está bien que yo lo diga, pero la inmensa mayoría de gente de mi edad (y creo que la cosa empeora en generaciones más jóvenes) es tonta del culo, analfabeta, inculta, caprichosa e inmadura; y en lo más bajo de la escala que pudiera construirse, en el ambiente sevillano, aparecieron los canis (no estos sino otros). Añado a lo que se puede ver en el segundo link que en Sevilla son básicamente gente de Triana y que, además de ser asín de pintorescos (y me da que escuchan más va-kalao que hip hop), suelen ser gente lo suficientemente chunga y peligrosa como para que si se acercan dos a un grupo de cinco (y me ha pasado) sea mejor tenerles contentos.
Conforme uno va ascendiendo en la geografía española, se contemplan algunos cambios significativos en este tipo de gente (menos peligrosidad y peor gusto a la hora de elegir qué flamenco escuchar), y eso da lugar también, aunque no sólo, a que a gente muy similar se le dé otro nombre. Aquí en Madrid (y no sé en otros lugares) son los pokeros (porque el va-kalao suena a "pokipokipokipoki..."). Tienen la particularidad particular (que aún en Sevilla no he observado) de llevar la gorra ajustada a la coronilla con la visera lo más levantada posible (es como usar la gorra como si fuera el típico gorrito judío cuyo nombre no recuerdo); por lo demás, chandal, oro, loromóviles, y niveles de funcionamiento neuronal cercanos al cero absoluto.
Hasta aquí el interés del asunto es también bajo, porque tampoco se puede hacer mucho más que observarlos con curiosidad como si uno estuviera de safari, pero, mientras veía Muerte Súbita, en un intermedio, me pasé a Telecinco en busca de ese borde de mi corazón que es Risto Mejode, aunque haya perdido un poco en esta nueva generación de triunfitos porque el guión lo afea todo mucho. Para mi decepción, no me lo encontré en la pantalla metiéndose con alguno de los criajos, sino que me di de bruces contra Jesús Vázquez haciéndole publicidad al BBVA y a una cosa que se ha inventado, que es el POK.
"Yo soy pokero", dice él, "¿y tú, Ángel?"; y Ángel el histriónico responde "Sí, yo también. Y Risto también es pokero, porque ser pokero está de moda". Esto es, según Ángel el histriónico, ser pokero. Flipante, oiga, el arte del marketing.
Esta vez, sin embargo, vamos a centrarnos en un ámbito estrictamente social y vinculado con la juventud (del vino tesoro) a la que pertenezco. No está bien que yo lo diga, pero la inmensa mayoría de gente de mi edad (y creo que la cosa empeora en generaciones más jóvenes) es tonta del culo, analfabeta, inculta, caprichosa e inmadura; y en lo más bajo de la escala que pudiera construirse, en el ambiente sevillano, aparecieron los canis (no estos sino otros). Añado a lo que se puede ver en el segundo link que en Sevilla son básicamente gente de Triana y que, además de ser asín de pintorescos (y me da que escuchan más va-kalao que hip hop), suelen ser gente lo suficientemente chunga y peligrosa como para que si se acercan dos a un grupo de cinco (y me ha pasado) sea mejor tenerles contentos.
Conforme uno va ascendiendo en la geografía española, se contemplan algunos cambios significativos en este tipo de gente (menos peligrosidad y peor gusto a la hora de elegir qué flamenco escuchar), y eso da lugar también, aunque no sólo, a que a gente muy similar se le dé otro nombre. Aquí en Madrid (y no sé en otros lugares) son los pokeros (porque el va-kalao suena a "pokipokipokipoki..."). Tienen la particularidad particular (que aún en Sevilla no he observado) de llevar la gorra ajustada a la coronilla con la visera lo más levantada posible (es como usar la gorra como si fuera el típico gorrito judío cuyo nombre no recuerdo); por lo demás, chandal, oro, loromóviles, y niveles de funcionamiento neuronal cercanos al cero absoluto.
Hasta aquí el interés del asunto es también bajo, porque tampoco se puede hacer mucho más que observarlos con curiosidad como si uno estuviera de safari, pero, mientras veía Muerte Súbita, en un intermedio, me pasé a Telecinco en busca de ese borde de mi corazón que es Risto Mejode, aunque haya perdido un poco en esta nueva generación de triunfitos porque el guión lo afea todo mucho. Para mi decepción, no me lo encontré en la pantalla metiéndose con alguno de los criajos, sino que me di de bruces contra Jesús Vázquez haciéndole publicidad al BBVA y a una cosa que se ha inventado, que es el POK.
"Yo soy pokero", dice él, "¿y tú, Ángel?"; y Ángel el histriónico responde "Sí, yo también. Y Risto también es pokero, porque ser pokero está de moda". Esto es, según Ángel el histriónico, ser pokero. Flipante, oiga, el arte del marketing.
